Todo lo que se debe saber está en
el pasado de los griegos y sus viejas leyendas. Cuentan las historias de
nuestras constelaciones estelares, las historias de las plantas y flores y los
conocimientos y saberes para afrontar nuestra realidad.
Hablando de este asunto tan curioso, hace unos días, un hombre me contó la historia de dos hermanos que eran vecinos de él. Ambos hermanos habían nacido el mismo día pero con una diferencia de un año. Cuando el hermano mayor cumplió 18 años fue atropellado por un sitio en la acera de su puerta y murió. Fue el mismo día de su cumpleaños.
Cuando era pequeña, la película de Superman, me fascinó. ¡Me encantó el personaje! Un humilde héroe que se oculta bajo la figura de un educado periodista, amable y respetuoso, capaz de guardar su gran secreto frente a cualquier provocación mundana. Sobre todo, el hecho de que pudiera volar era para mí algo sorprendente. Cristopher Reeve, el actor que encarnaba el personaje, era perfecto a mi juicio. Consideraba, siendo una niña romántica como era, que tenía la belleza perfecta para encarnarlo y que le aportaba una dulzura especial (dulzura que, por otro lado, le debía al actor de doblaje y su voz suave).
Un estudio reciente explica también por qué los vigías tardaron en ver al iceberg de la tragedia. Por un lado, los famosos prismáticos que estaban en un armario cerrado con llave impidió la vista pero por si eso no fuera suficiente, ocurrió otro fenómeno sorprendente y es que en esa zona sucedió un fenómeno peculiar que sucede en zonas de mucho frío. El aire frío queda atrapado debajo de una capa de aire caliente generando una bruma que dificulta la visión pero aquí no acaba el fenómeno. Esta capa de frío crea un espejismo visual que hace que el horizonte esté levantado más allá de lo que realmente lo está. La única forma de identificar un iceberg en una noche estrellada sin luna es por el recorte que hace la imagen sobre el cielo estrellado pero este efecto impidió ese recorte. Esto provocó que los vigías vieran el iceberg a un cuarto de milla, un tramo insuficiente para que el barco pudiera frenar o virar.